¿Y si recuperamos el botijo?

Esta vasija milenaria, que nos recuerda a la casa de nuestros abuelos y abuelas, es una opción para dejar de lado los envases de plástico.

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Botijos contra el cambio climático. Así se titulaba aquella campaña iniciada en 2007 en la que se reivindicaba el uso de este instrumento mediterráneo milenario como herramienta para paliar, aunque fuera de manera simbólica, los efectos del cambio climático. Hoy en día, casi 15 años después, el botijo sigue estando en peligro de extinción, a pesar del esfuerzo de alfareros y ONG que recurren a la nostalgia y los valores sentimentales de esta vasija para llamar la atención de la juventud y el público. ¿Es posible introducir un elemento propio de la vida de nuestros abuelos y abuelas en la vida moderna actual y sus vertiginosas dinámicas?

La imagen tradicional del botijo –también llamado búcaro– nos remite a aquella otra, casi romántica, de los jornaleros de camisa blanca y pantalones atados con cordeles que lo llevaban colgados a su trabajo en el campo. O bien a la nostalgia que nos trae el recuerdo de las casas del pueblo. Pocos somos capaces de ubicar un objeto como este en las pulcras fotografías de decoración elegante y moderna de las revistas de estilo y lifestyle.

Sin embargo, a pesar de la caída en picado de ventas que ha experimentado en los últimos años, lo cierto es que, de nuevo, es la nostalgia la encargada de recuperar un instrumento tradicional que, pese al cambio de ritmos y de prioridades vitales entre las nuevas generaciones, continúa manteniendo su utilidad.

“En las ferias de alfarería a las que asisto por toda España veo la añoranza de la gente que pasa por delante de mi puesto con el comentario del botijo en tiempos pasados; siempre estaba en las casas porque era lo que había, no había plástico, en muchos casos ni grifos. Era la única opción que tenían, no era una elección consciente. El progreso ha traído elementos que ahora vemos que, aunque más cómodos, son perjudiciales ambientalmente”, explica Jose Ángel Boix, botijero de tercera generación de los alfareros de Agost, donde este joven de 36 años mantiene la tradición familiar de fabricación del botijo, elaborado con materiales locales y la técnica milenaria que acompaña a este objeto.

Sus múltiples ventajas

Ahora, si cabe, la utilidad de estas piezas se manifiesta más que nunca. Ya que el botijo no solo nos permite recrearnos en los recuerdos, sino ahorrar electricidad, dejar de lado el consumo de plásticos y mantener las cualidades nutricionales del agua fresca.

“El botijo es un recipiente que no tiras, al igual que las botellas de vidrio. Con ello, al no fabricar más plástico, estamos evitando la emisión de gases de efecto invernadero, así como el consumo de materiales tóxicos”, explica Alberto Fernández, de WWF, quien fue ideólogo de otra campaña en la que el botijo se erguía como solución climática. Fue en el año 2010 y, para concienciar sobre la diferencia entre sequía y escasez, llevaron botijos a las puertas del Palacio de Congresos de Madrid, donde se celebraba la Conferencia Internacional sobre la Sequía. En las pancartas de entonces podía leerse “la sequía no es climática, es política”.

“La sequía hay que tratarla con prevención”, desarrolla Fernández; “el botijo nos ofrece un concepto de agua justa y necesaria. Si quiero agua, bebo. Si no, la dejo en el botijo, y allí mantiene sus propiedades y se conserva fresca. Se trata de una gestión de la demanda con dispositivos ahorradores”, concluye. Todo gracias a un material tan poco cool, por lo sucio, como es el barro, la arcilla que proviene dea tierra que poco a poco hemos ido olvidando.

“El botijo forma parte de la historia y de la cultura mediterránea. Es una pieza de ingeniería ancestral que permite conectarnos con nuestra tierra en todos los sentidos, desde la propia arcilla local hasta el placer de beber agua fresca en una pieza creada por las manos de un artesano. Beber agua de botijo es una manera de respetar nuestra historia y artesanía a la vez que promovemos la salud y el respeto al medio ambiente”, añade Boix.

“Evidentemente, hay que cambiar el chip”, apostilla Alberto Fernández. “Se trata de volver a un estilo de vida en el que no prime la inmediatez, sino que demos más importancia a la salud, los sabores, la naturaleza.  Si pensamos en el tiempo que perdemos en el móvil, dedicar un momento a rellenar el agua del botijo y tener el placer de beber agua fresca, sin la refrigeración de la nevera eléctrica que no resulta saludable por el fuerte contraste entre el frío artificial y el calor corporal, en casa o en un día en el campo con amigos, no parece tanto”, prosigue Boix.

Para Jorge Valencia, sin embargo, el gesto de beber agua del botijo no es tan revolucionario. Para él, al igual que para los compañeros de la emisora Ágora Sol Radio, en Madrid, se ha convertido en algo cotidiano. “En la emisora tenemos una neverita muy pequeña para cerveza y refrescos. Y alguien planteó ‘yo puedo traer un botijo que está fresquito y así no ocupamos espacio con agua’. Y ahora en la nevera otro alguien ha puesto un cartelito de ‘no traigas botellas de agua y así usamos menos plástico. Usa el botijo’», cuenta Valencia. “Se pidió tener agua para los invitados y por el tema nevera y por el medio ambiente se propuso vasos y una jarra. Y a raíz de eso derivó en que el botijo molaba más”, bromea.

Actualmente, cuando parece que todo está ya inventado y la ciencia ficción se ha convertido en parte de nuestra rutina cotidiana, toca regresar al pasado para rescatar la conciencia ecológica que nuestros abuelos y abuelas manejaban probablemente sin ser conscientes de ello, por pura necesidad. Es el momento de hacer regresar esa ingeniería milenaria capaz de salvarnos del avance de un sistema desconectado de sus raíces más terrenales. Es el momento de hacer que la nostalgia se convierta en nuestra tabla de salvación climática. “El día que decidí seguir con este laborioso trabajo pensé que mi vida siempre estaría envuelta en barro”, sentencia Boix, quien no parece ni mucho menos compungido por el cambio del smartphone a su mesa de alfarero. 



CAMPAÑAS

Botijos contra el cambio climático (2007) fue lanzada por la Fundación Tierra como complemento a la campaña Yo soy la solución, en la que se reivindicaba “regresar a la cordura” mediante gestos sencillos que permitieran ahorrar en consumo energético, generación de residuos, etc. Contra la sequía, botijos (2010) fue ideada por WWF con motivo de la Conferencia Internacional sobre la Sequía. 

MECANISMO

El botijo es un objeto de cerámica, construIdo con arcilla, un material poroso que permite la evaporación del vapor del agua. Es decir, los botijos “sudan” el agua evaporada, manteniendo el agua restante fresca y a una temperatura en menor contraste con la ambiente, como ocurre con el agua enfriada en el frigorífico, en ocasiones demasiado fría, que puede ocasionar dolor de garganta o dolor de cabeza. Al mantenerse así, dentro del botijo, también se elimina en parte ese sabor más “duro” que tienen algunas aguas del grifo.

OTROS PROYECTOS

Hay proyectos arquitectónicos que buscan un ahorro energético a través de un sistema que nos evite tener que usar el aire acondicionado. Es el caso de Patio 2.12, ideado en las universidades de Sevilla, Málaga y Granada, que busca la autorregulación de la temperatura de las estancias a través de una costrucción basada en la cerámica y el exudado.

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Comentarios
JESÚS GIL-GIBERNAU

Os felicito por este artículo sobre nuestros queridos y abandonados botijos. Yo tengo el Museo del Botijo Español en la localidad de Toral de los Guzmanes (León). Ostento el Record Guinness como la mayor colección del mundo con más de 3.000 botijos

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