Una autopsia por la supervivencia: de ciencia, fracaso y acción climática

La ciencia ha sido un gran éxito a la hora de identificar el cambio climático, pero ha fracasado estrepitosamente en cuanto a enfrentarse a sus causas. La autora reflexiona sobre cómo salir de esta situación.

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No aprender de los errores del pasado es el único error realmente imperdonable en ciencia. Y en cuestión de cambio climático, la comunidad científica (en su mayoría) ha cometido una negligencia criminal a la hora de observar y, especialmente, a la hora de aprender de su propio pasado. Este artículo es una autopsia en cuatro actos: una anatomía del fracaso, para que, ojalá, podamos aprender, actuar y cambiar. Rápido.

Primer Acto: la ciencia como éxito

Dejemos algo claro: la ciencia física del cambio climático ha sido un éxito sonado, fenomenal y triunfante. Como dijo hace poco un compañero de la Universidad de Leeds, “llevamos décadas en lo cierto”. Esto hace que escribir los informes de evaluación del Grupo de Trabajo I del Panel Internacional de Expertos en Cambio Climático (IPCC) –el que se dedica a la física–, sea un pérdida de tiempo total: “¡Aún estamos en lo cierto!” [Esto es una broma, por supuesto. Siempre hay enormes cantidades de nueva ciencia sobre la que informar: tan solo son las grandes líneas las que no se han movido nada]. Así que no hay mucho que aprender  en cuestión de errores en ese campo. ¡Bien hecho, físicos y físicas! Habéis observado y modelado la realidad externa. Lo habéis clavado.

Segundo Acto: fracasando cada vez más

Dejemos una segunda cosa clara. La ciencia, como organismo conjunto de instituciones, personas y conocimiento, ha fracasado en cuanto al cambio climático. No es la única que ha fracasado (la verdad es que los gobiernos y la industria probablemente han fracasado aún más), pero lo ha hecho. “¡Pero si hemos publicado estudios! ¡Hemos aconsejado a los gobiernos! ¡Hemos escrito informes largos, exhaustivos y definitivos! ¡Incluso nos han dado el premio Nobel en escritura de informes largos y exhaustivos!”. Todo eso es verdad, y es cierto que refleja unos esfuerzos titánicos. Pero la prueba del fracaso no se encuentra en las páginas de los informes ni en los registros de los consejos dados a los gobiernos: está escrita, a lo grande, en el cielo, en la tendencia creciente de las emisiones, año tras año. Parece que estar en lo cierto en la ciencia física no es suficiente. Ni de lejos.

Evolución de la concentración de CO2 en el Observatorio de Mauna Loa (Hawaii). Imagen: Scripps Keeling Curve Website

En Alcohólicos Anónimos, el primer paso es admitir que uno tiene un problema, y que la solución a ese problema está fuera de nuestro alcance en este momento. Me gustaría sugerir a la comunidad científica que tenemos un enorme problema. Uno que nuestras estrategias actuales no están siendo capaces de solucionar. El primer paso para el éxito futuro es, seguramente, aceptar el fracaso presente y pasado: hemos fracasado estrepitosamente en reducir o siquiera ralentizar las emisiones de gases de efecto invernadero. A pesar de estar en lo cierto durante décadas sobre la ciencia que nos dice la inmensa amenaza que suponen estas emisiones, esa misma ciencia no ha sido suficiente para enfrentarse a esta amenaza y detenerla. Es hora de poner los pies en el suelo, aceptar que tenemos un problema, y repensar de manera fundamental nuestros roles y estrategias.

Tercer Acto: ingredientes del perfecto fracaso

De acuerdo, hemos fracasado, y es realmente terrible. ¿Pero cómo y por qué fallamos? ¿Y qué podemos aprender de nuestra investigación para dejar de fracasar y empezar a tener éxito, tanto ahora como en el futuro? Después de leer bastante (incluyendo algunos textos de los siempre excelentes Naomi Klein, Naomi Oreskes y Erik Conway), he elaborado la siguiente lista de elementos del fracaso perfecto.

1. Intentar existir fuera de la Historia

La iniciativa científica, al menos desde la Ilustración y la época de Newton, trata de ver sus contribuciones como existentes fuera de la Historia y la cultura. Si algo es verdad científicamente, debería haber sido verdad antes de haber sido descubierto y también después, por toda la eternidad. Esta idea es estupenda en teoría, pero tiene consecuencias devastadoras. Porque independientemente de la verdad eterna de un descubrimiento científico, su interpretación y traducción para ser comprendido y generar acción depende del contexto cultural e histórico que rodee al hallazgo. Así que los científicos han ignorado la Historia, incurriendo en un gran riesgo para la adopción de sus descubrimientos. Y el contexto histórico de finales del siglo XX debería haber sido tomado mucho, mucho, mucho más en serio por las instituciones y comunidades científicas, por la amenazante dominación del pensamiento económico neoclásico en la política y la cultura, y el papel idealizado y limitado que se reservaba a las personas científicas en sus expresiones públicas y en la vida pública. Ambos tienen que ser desafiados frontalmente antes de que podamos avanzar.

2. Aspiraciones tecnocráticas y apolíticas

En parte como resultado de su origen en la Ilustración, en parte como resultado de la estructura de las instituciones científicas (universidades, academias, centros nacionales de investigación), en parte porque este modelo funcionó relativamente bien durante un largo tiempo sin tener que ser confrontado, muchas disciplinas científicas adoptaron la posición idealizada del observador remoto y neutral, manteniéndose alejadas del objeto de observación y emergiendo de sus torres de marfil para conceder pronunciamientos imparciales al ocupado mundo que las rodeaba. Por supuesto, esta visión a menudo no tiene nada que ver con la realidad, en la que los científicos han participado ávidamente de las mejores y las peores acciones de sus sociedades (guerras, conquistas y genocidios coloniales, pero también avances médicos y de salud pública y educación, en la lucha contra la desigualdad, la mejora de la planificación urbana, etc.). No obstante, esta visión ha llevado a la calcificación de lo que se ha considerado el científico ideal, y así es como a muchos científicos les gustaría verse a sí mismos: los consejeros tecnocráticos e imparciales del mundo, sin prejuicios ni perspectivas políticas.

Este punto de vista nos ha llevado, entre otras cosas, a que la economía domine la forma en la que se consideran los impactos físicos del cambio climático y las transiciones tecnológicas requeridas por el mismo, porque se ve la ve como la ciencia social apolítica (spoiler: no lo es. Mucho más de eso en la siguiente sección). Pero hay más: esto ha llevado a una fatídica falta de consideración y compromiso con la realidad social en general, incluyendo la consideración y el análisis de los sistemas sociales. Los impactos climáticos desgarrarán los sistemas sociales, alterándolos. Las transiciones tecnológicas ocurrirán o no dependiendo de su experimentación y adopción dentro de dichos sistemas. Insistir en la ciencia como elemento puramente apolítico y tecnocrático, por lo tanto, deja una enorme laguna de conocimiento acerca de cómo nos afectarán los impactos del clima, y cómo podríamos responder y actuar proactivamente ante ellos. 

Nuestras aspiraciones de ser apolíticos nos han llevado a no estudiar el sistema político en sí mismo, sus estructuras de poder, sus relaciones con las industrias relacionadas con los combustibles fósiles, etc. Echando la vista atrás, esa es una debilidad bastante grande, que ha dejado a la comunidad científica vulnerable a los ataques del lobby de los combustibles fósiles (ver Merchants of Doubt, de Oreskes y Conway). Nuestra insistencia en ser apolíticos nos ha convertido en blanco fácil para ataques con motivos muy políticos, que aún están ocurriendo.

Un último problema que suponen las aspiraciones a ser consejeros totalmente tecnocráticos y apolíticos del poder es que hemos sido, en general, contrarios a llevar nuestros hallazgos directamente a la gente, a través de la educación pre-universitaria y de niveles de comunicación del público en general (con charlas y otros medios). Nos hemos quedado satisfechos quedándonos sentados y emitiendo informes relativamente largos y en un lenguaje técnico, dejando el trabajo de traducción y comunicación de masas a otras personas, como una especie de mecanismo de filtración que, se suponía, sucedería automáticamente. Por desgracia, esto no ocurrió como pensábamos que lo haría. Es verdad, David Attenborough al final hizo un documental sobre el cambio climático, pero ha llegado muy tarde. Deberíamos haber estado en los materiales escolares, dando charlas públicas y participando en televisión y documentales mucho más de lo que lo hemos hecho. Por desgracia, la insistencia de atenernos a nuestra inmaculada ciencia nos ha llevado a lamentables niveles de falta de información pública o incluso de desinformación. No tenía que haber sido así.

3. Dominación de la economía neoclásica

La dominación de la economía neoclásica, y su concentración en el equilibrio del mercado (“fundamentalismo de mercado”, según Oreskes y Conway), proyectan una larga sombra en la historia del fracaso de la acción contra el cambio climático. Desde el punto de vista de la efectividad científica, actuó en varias y perniciosas formas, incluyendo la protección de la araña que está en el centro de la tela: las industrias de combustibles fósiles.

  • Debido a la división entre disciplinas científica y al fracaso a la hora de aprender lecciones críticas entre las mismas, la economía neoclásica se percibe, desde el punto de vista de las personas que se dedican a la física, simplemente, como economía: la ciencia completa, establecida y cierta sobre cómo entendemos, medimos y modelamos las economías. Los físicos, por lo tanto, no saben que prácticamente todos los axiomas que sostienen la economía neoclásica han sido refutados o nunca ocurrieron en realidad (mercados perfectos, actores racionales, etc.), o que incluso su más ardiente defensor, Milton Friedman, definió la economía neoclásica como una zona “libre de realidad”, donde se aceptarían modelos basados en ficciones totales, usando este “entendimiento” científico para impulsar políticas de extrema derecha bajo el pretexto del libre mercado. La economía neoclásica no podría estar más lejos de la neutralidad política, pero ha tenido un gran éxito presentándose como tal. Citando a Sospechosos Habituales: “El mayor truco del diablo fue convencer al mundo de que era una ciencia neutral”.
  • Una vez más, debido a la división interdisciplinar, la economía no ha sido comprendida como un aspecto grande y diverso de las ciencias sociales, sino como una ciencia umbral: un cuerpo exacto, matemático y predictivo de herramientas a través del cual los científicos físicos podían traducir sus hallazgos y comprender y cambiar sistemas políticos y sociales difíciles de manejar. Otras ciencias sociales (la psicología, la sociología y, en tercer lugar, la ciencia política) se han percibido como subordinadas a la economía o tratables a través de ella. Así, la economía dominó los modelos y la manera de comprender cómo los impactos climáticos afectarían a las sociedades, y cómo podrían prevenirse o ser confrontados: a través de un simple cálculo de equilibrio entre costes y beneficios. Y al infierno con la realidad.
  • La economía neoclásica también fue comprendida como el umbral hacia la política y la relevancia “como personas serias” en el mundo real. Tanto las personas científicas como las políticas tomaron como inmutable la dominación del pensamiento de mercado en la toma de decisiones, y, en consecuencia insistieron, hasta un punto totalmente alejado de la gravedad y la urgencia que imponía la realidad, en identificar hojas de ruta políticas “optimizadas en costes”. La esperanza infundada residía en que estas hojas de ruta serían seguidas, a pesar de que cada año traía un nuevo retraso. Si me engañas una vez, la culpa es tuya, pero ¿qué justifica la esperanza continuada en identificar estas hojas de ruta y presentarlas como posibles, después de décadas de fracaso en su adopción?
  • El énfasis en el pensamiento de mercado también ha pervertido la comprensión sobre cómo ocurren los cambios sociales, económicos y políticos en el mundo real. Las personas científicas del clima se han creído la moda neoclásica de que las decisiones y el cambio ocurren a través de modificaciones en el equilibrio coste-beneficio de los mercados. Nada más lejos de la verdad. Aquí, en la realidad, los mercados cambian por la acción de actores grandes y poderosos (gobiernos e industrias, y, a veces, clases sociales) para sus propios propósitos. Las decisiones se desarrollan en términos de mercado, pero se toman mucho más arriba, a través de subsidios, aranceles, inversiones, impuestos, etc. Intentar cambiar una economía alterando el equilibrio del mercado es como pensar en que es la cola la que mueve al perro: una comprensión falsa de la causalidad. Concentrarse en el cambio de mercado fue una decisión devastadora, tanto como ignorar por completo el cambio social y político (a pesar de que estos estaban en realidad detrás de cualquier cambio de mercado).
  • La dominación de la economía neoclásica ocupa el lugar de otros mecanismos de cambio potencialmente mucho más efectivos, como el activismo, los movimientos sociales, la política electoral, la desinversión intencional, los desafíos legales a los combustibles fósiles, etc. Estos han sido cruelmente ignorados en comparación con los aspectos económicos.
  • La lente neoclásica impide la comprensión sistémica de las verdaderas claves causales de la economía. Creo que estas tienen que ver con el capitalismo como la base estructural de nuestra economía. He escrito sobre esto aquí y aquí. Uno puede estar o no de acuerdo, pero es sorprendente lo poco que se ha discutido acerca de las estructuras económicas sistémicas, incluyendo el poder ostentado por algunas de las mayores y más poderosas industrias que jamás hayan existido, y que han sido las principales causantes del cambio climático.

4. Positivismo científico e inexistencia de modelos exactos

Volvamos a Oreskes y Conway, y su excelente Colapso de la Civilización Occidental: una Visión desde el Futuro, en el que atribuyen una de las razones de nuestro fracaso al “positivismo científico”: una insistencia en la evidencia estadística arrolladora. Como afirman los autores, “estas prácticas han llevado a los científicos a exigir un estándar excesivamente estricto para aceptar cualquier tipo de afirmación, incluso aquellas que se refieren a amenazas inminentes”. David Spratt e Ian Dunlop desarrollan este concepto, explicando cómo los informes del IPCC han enfatizado los hallazgos intermedios (medias estadísticas) en lugar del alcance real, lo que ha resultado en menospreciar “riesgos de casos extremos”, de los cuales, por desgracia, está llena la ciencia del clima. Además, de acuerdo con Spratt y Dunlop, la preferencia positivista por modelos teóricamente perfectos (en lugar de heurísticos) también ha resultado en una infravaloración sistemática de los riesgos de los impactos climáticos: a la escala y con la complejidad de los sistemas terrestres, la perfección teórica en la comprensión de los ciclos de realimentación es, comprensiblemente, un listón demasiado alto. Y sin embargo, al mismo tiempo, no hemos informado de la gravedad de los resultados de los modelos heurísticos basados en observaciones y tendencias robustas del pasado.

Todos estos factores de precaución excesiva en los informes científicos apuntan en la misma dirección: hacia una escasez de información para el público y los políticos sobre las verdaderas magnitudes de los riesgos climáticos. En el reciente Informe Especial del IPCC sobre Calentamiento de 1,5ºC (SR15) se levantó parcialmente este velo, mostrándose claramente la gran diferencia entre los impactos a 1,5ºC y a 2ºC (WRI tiene un buen resumen). Pero, por supuesto, los compromisos nacionales hacia el Acuerdo de París nos sitúan en una trayectoria que se dirige a más de 3ºC de calentamiento, y como no son vinculantes y muchos países ni siquiera van de camino a cumplir con estos modestos cambios, puede que vayamos nos dirijamos a un futuro calentamiento de 4 grados o más, un escenario en el que el término “cataclísmico” ya no es ninguna exageración. Una de las razones por las que el informe especial pudo reflejar esta realidad de forma tan clara es porque ya estamos un grado (más o menos) sobre niveles preindustriales, y hemos dejado atrás la era geológica del Holoceno, durante la cual nuestra agricultura se ha visto protegida.

Figura del SR15 (IPCC) que muestra la media de temperatura desde que hay registros instrumentales, y demuestra cómo salimos del Holoceno (zona rosa).

Los impactos climáticos ya no existen solo en modelos remotos. Pueden observarse por todas partes: en la incidencia y severidad de las sequías y los eventos meteorológicos extremos, en la reducción de hielo ártico, en el derretimiento de los glaciares, en el aumento del nivel del mar, en el colapso de los ecosistemas y la desaparición en masa de especies enteras. E independientemente del tipo de impacto, prácticamente siempre, la respuesta observada se sitúa en el lado más severo del modelo (los modelos heurísticos tienden a rendir mejor), como consecuencia de los distintos tipos de sobreprecaución científica. No nos han advertido lo suficiente sobre lo que se nos viene encima.

Y hay un aspecto más de los problemas de la ciencia a la hora de comprender las evidencias e informar sobre ellas: debido a la insistencia positivista en el uso de modelos exactos y pruebas estadísticas de alto nivel, los aspectos sistémicos de los sistemas terrestres interconectados, a menudo llamados “puntos de inflexión” (ver sección 3.5.5 del capítulo 3 del SR15) han sido infraexplorados en los modelos. Esto es en parte comprensible: si tu modelo se basa en cambios continuos y, en su mayor parte, suaves, y en cómo responden los unos a los otros, pues modelar un evento repentino no entra en la capacidad del modelo. Y sin embargo, eso no significa que no deberíamos al menos intentar modelar nuestro conocimiento. Lo cierto es que nuestro conocimiento tiene grandes lagunas en cuanto a los impactos más catastróficos (y enteramente posibles), pero no graduales, del cambio climático.

Acto 4: Avanzando

Si podemos ponernos de acuerdo en que hemos fracasado, ya hemos dado el primer paso. Me gustaría abrir el debate en lugar de cerrarlo: las razones expuestas anteriormente son mi propia interpretación, basada en la lectura esporádica. Estas no son las áreas en las que estoy especializada. Y no obstante, creo que tenemos que discutir todo esto, y rápido, porque tenemos que avanzar de forma muy distinta a como lo hemos hecho en el pasado para evitar más décadas perdidas en las que se siga ignorando la ciencia. Aquí debajo están mis conclusiones, aunque otras personas puedan obtener otras distintas:

1. Tomemos en serio la ciencia y los sistemas sociales

Aprendamos Historia, aprendamos teoría económica a mayor escala (Heilbroner puede ser un buen comienzo), aprendamos sobre el cambio social más allá de los marcos limitados de “las ventanas de oportunidad política”. Leamos la historia de los movimientos sociales y cómo consiguieron producir cambio: como, por ejemplo, esto que escribí sobre las luchas no blancas. Intentemos tomar una perspectiva sistémica y entender cómo la tecnología, la política y la economía están entrelazadas en la Historia.

2. Salgamos. Comuniquemos. Tomemos partido.

Creo firmemente que ExxonMobil y sus industrias fósiles asociadas, a través de su maquinaria de negacionismo, desinformación de alto nivel y lobbying, liquidaron el modelo de comunicación científica del intermediario imparcial. Tenemos que inventar modelos nuevos. Creo que que el mejor antídoto ante estas enormes máquinas de desinformación, que aún están en funcionamiento y siguen sembrando el caos a nuestros alrededor, es salir ahí fuera y convertirnos en voces personales, apasionadas e insistentes por el cambio. Podemos ser activistas sin perder la integridad: de hecho, ¿cómo podemos ser fieles a las implicaciones de nuestros hallazgos si no lo hacemos? Estoy orgullosa de seguir, humildemente, los pasos de científicos con la inmensa integridad de James Hansen, pero esto debe convertirse en la norma, en lugar de en una excepción.

3. Sigamos aprendiendo, abiertamente, de nuestros errores y fracasos

Puede que esté totalmente equivocada en esto. Puede que haya diagnosticado más las dolencias subyacentes en esta autopsia, y obtenido las conclusiones equivocadas. Sin embargo, tenemos que discutir y debatir estas cosas abiertamente para poder aprender rápido y bien y avanzar mejor. Os cedo la palabra. Gracias por leerme.

Inspiración y Anexo (añadido el 26 de abril de 2019)

Este artículo se inspiró, en gran parte, en el testimonio experto del Dr. Geoffrey Supran en el Parlamento Europeo, sobre la manipulación de la ciencia por parte de ExxonMobil, que puede verse aquí.

Aquí, también, su respuesta a la parlamentaria británica Anna Soubry: “la evidencia, por sí misma, ha fracasado” (el hilo completo incluye numerosas citas documentos):

Un asunto importante, relacionado con el fracaso de la Academia, está relacionado con el deseo de ser percibido como una persona muy seria: el hecho de que las personas académicas e investigadoras proceden de manera desproporcionada de ciertas clases sociales y grupos demográficos, y tienen una mayor afinidad con los que ostentan el poder que con los grupos marginalizados a los que más afecta el cambio climático y el daño medioambiental. Como apunta Jewel Lipps, esto inevitablemente tiene consecuencias para la comunicación y la defensa de posiciones.

Y Linda Thomas apunta a que las emociones personales de miedo y dolor ante la enormidad de los hallazgos científicos y sus implicaciones políticas pueden hacer que la comunicación y el compromiso se vuelvan aún más difíciles para los científicos. Esto es algo con lo que ciertamente me identifico.

Julia K. Steinberger es profesora de Ecología Social y Economía Ecológica en la Universidad de Leeds. Expresa sus pensamientos aquí.

Este artículo fue publicado originalmente en Age of Awareness. Traducido por Santiago Sáez.

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