Gabriela Bettini: cómo el arte puede ser ecofeminista

La artista explora en su obra los vínculos que existen entre el capitalismo y la violencia ejercida contra la naturaleza y las mujeres que la defienden.

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¿Existe algún tipo de violencia específica contra las mujeres que defienden la naturaleza? Con la intención de responder a esta pregunta, la artista Gabriela Bettini ha desarrollado su trabajo en torno a un marco teórico que explora “el vínculo entre el capitalismo y la violencia contra las mujeres y hacia la naturaleza”.

Su madre y su padre, de Argentina, se exiliaron a España. El hecho de pertenecer a una familia con cinco personas desaparecidas la marcó e hizo que su obra se desarrollara en torno a su experiencia vital y a cómo Bettini se relaciona con las ausencias de las personas que no ha podido conocer. Además, el hecho de moverse entre dos lugares, y «esa sensación de no poder hallar un hogar», marcó los primeros años de su trayectoria.

«Cuando tenía veinte años», recuerda refiriéndose a aquellos tiempos, «militaba en un colectivo de derechos humanos que reivindicaba la memoria de los años de la dictadura argentina para pedir justicia», cuenta por teléfono a Climática. «Había entonces una especie de mantra que se repetía a modo de consigna, y que venía a decir algo así como que los dictadores latinoamericanos se habían apoderado de los gobiernos de entre los años 70 y 80 para consolidar el modelo neoliberal en el continente sur», recuerda Bettini. Sin embargo, no fue hasta que comenzó a trabajar las cuestiones territoriales y del medio natural a través del arte cuando realmente interiorizó esa frase: «Me di cuenta de la dimensión que tenía lo que estaba diciendo después de viajar por Chile, Bolivia o Argentina y verlo con mis propios ojos», aclara.

Este «reto o proyecto ecofeminista», como lo define la propia artista, tiene sus raíces en un hecho concreto. El asesinato de la activista medioambiental Berta Cáceres, en 2016, supuso para la creadora un revulsivo. Aunque no es un caso aislado, la repercusión de este suceso hizo que Bettini se planteara si las mujeres que levantan la voz para defender la naturaleza están o no más en peligro que activistas de otra índole.

A partir de entonces comenzó a recorrer y explorar los vínculos que guarda el capitalismo con la violencia ejercida contra la naturaleza y también contra las mujeres que la defienden: «Empecé observando cómo operan algunas empresas en América Latina, a fijarme en cómo hacen ese ejercicio de lavado de imagen (greenwashing) en sus páginas web… Y así relacioné dos formas de entender los lugares a través de la pintura».

El uso de esta y no otra técnica es por su parte una elección totalmente consciente. Apostar por la pintura ha significado para Bettini estudiar cómo se ha representado históricamente la naturaleza de Latinoamérica. Examinar las propuestas de artistas viajeros como el holandés Frans Post, que «viajaba con toda la carga de la academia europea tradicional y pintaba los paisajes de Brasil con un exotismo exagerado una vez de vuelta a Europa, respondiendo a la demanda de paisajes exuberantes y coincidiendo en el tiempo con una mirada cartesiana del mundo que lo divide entre la naturaleza y la razón». Ella recrea los paisajes de Post y los pone en contraposición con los lugares donde se han cometido los feminicidios.

Estudiando esas conexiones, comenzó a introducir un poco la historia de la pintura, a mirar cómo se representa, especialmente por parte de los primeros artistas viajeros. Alguno de ellos exploró el Norte de Brasil con el encargo de representar esos paisajes recién conquistados, y el aspecto de los mismos en sus pinturas resultaba cada vez más exótico, como reforzando un mito o estereotipo.

Para Bettini, «explotar la naturaleza y los recursos ha sido siempre el objetivo del proyecto colonial o capitalista y lo es también en el presente neocolonial o neoliberal». Para ella «no existe el postcolonialismo, sino el neocolonialismo», insiste

Comenzó a trabajar otras cuestiones que excedían su propia experiencia o biografía para adentrarse en el tema de la crisis climática en países que no fueran necesariamente Argentina.

«Trabajo la región de Latinoamérica porque ha sido explotada de la misma manera en toda su extensión», dice para referirse a ello. «Es decir: de norte a sur», aclara.  Desde el inicio del colonialismo, esta pugna o lucha por los recursos naturales ha sido la que instaló y consolidó el capitalismo.

Otro de los temas específicos que le interesan en el campo de la representación del paisaje es analizar «hasta qué punto la pintura ha podido contribuir a fortalecer la percepción  de la naturaleza como un espacio que se puede explotar, como un recurso permanente y sin límites» a través de imaginarios colectivos como la idea de paraíso o la de percibir la naturaleza como un sujeto difícil de domesticar.

Gabriela Bettini no tiene una respuesta única pero el trabajo que ha salido a la luz buscando esa respuesta es muy interesante. Empezó a preguntárselo e inició así un recorrido para explorar los vínculos que guarda el capitalismo con estos temas.

Bettini recuperó el trabajo de Maria Sibya Merian: «Al  final lo que aportó Sibya al campo de la Botánica fue que las especies son dependientes de sus hábitats. Es en ese sentido una pionera que tiene una mirada holística de la naturaleza y nos define como seres ecodependientes». La artista, en cierto modo, se apropió de sus obras para darles otro significado y poner en conexión el hecho de que los lugares donde se realizan los monocultivos como la caña de azúcar coincidían físicamente con aquellos en los que se habían cometido feminicidios.

Para Bettini, «la naturaleza es un sujeto tan respetable como el ser humano», en concordancia con la visión de Vandana Shiva, filósofa y física de la India que, «por cierto, se ve desautorizada bastante a menudo desde la mirada noratlántica o hegemónica».

Quizá también haya que huir, propone, de una idealización excesiva de las formas de vida tradicionales más arraigadas a la tierra especialmente ahora que sufren las consecuencias del modelo neoliberal de una forma mucho más dura que la nuestra y que muchas veces llevan aparejadas costumbres de sociedades muy patriarcales.

Las colonizaciones siguen todavía actualmente su curso. Se puede decir que aún continúan en marcha. Todas estas luchas por el territorio son parte del mismo proceso. Un proceso que ha necesitado de muchos episodios de violencia para ir afirmándose y sosteniéndose. Aunque Bettini tiene esperanzas en que el capitalismo acabe por colapsar, no lo cree del todo. Para ella sí está claro que se trata en todo caso de un sistema absolutamente suicida.

Las corporaciones, los gobiernos y los representantes políticos no están siendo coherentes y responsables con esta situación y aunque se percibe un cierto despertar queda muchísimo por hacer. El uso masivo de plásticos es algo que le desespera y no cree en absoluto que el problema se esté asumiendo suficientemente por parte de la población.

En Argentina, cuando las causas acaban por prender se cogen con muchísima fuerza y se organiza la gente de una manera envidiable, con una espectacular capacidad crítica. «Tanto España como Argentina son para mí referentes en la lucha feminista». Para Gabriela Bettini, el hecho de ser consciente a todas horas de estos problemas le genera una angustia, sobre todo con el tema de la crisis climática. Primero vino el convencimiento,  luego Bettini lo llevó al campo del trabajo.

«La esperanza debe ser activa. Lo más difícil es tener conciencia crítica y política sin amargarse», reconoce en voz alta la artista. Por ello Bettini trata de aferrarse a todos los mensajes positivos que va encontrando: «Me parecen interesantes las políticas de supresión de los vuelos para los recorridos que puedan hacerse en tren», pone a modo de ejemplo.

«Ahí hay un terreno muy fértil», dice refiriéndose a la fuerza del movimiento feminista en estos temas. Es crítica con el turismo de moda por Asia: «A ese carro no me apunto a no ser que sea con un proyecto interesante». «Soy súper consciente de la huella ecológica que dejo cuando subo a un avión», aclara.

Gabriela Bettini nombra a Silvia Federici, Alicia Puleo y otras muchas pensadoras del ecofeminismo, con las que coincide en el convencimiento de que «el capitalismo es esencialmente patriarcal y que los logros del feminismo afectan al status quo». «Por eso hay una reacción tan furibunda desde el poder conservador y ecocida hacia el movimiento feminista», reflexiona.

Finalmente, afirma: «Las prácticas ecofeministas tienen un gran alcance en el ámbito de la política de calle pero no confío en que vayan a ser contempladas por los grandes grupos de poder económicos. No sin una gran resistencia, al menos».

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Comentarios
Carmen C.

En mi opinión la naturaleza es un sujeto mucho más respetable que el ser humano. Es nuestra Madre. De ella depende nuestra existencia, quien no lo ve así es parte culpable, consciente o inconscientemente, del momento más que crítico al que hemos llevado nuestra supervivencia y salud.
Ella da vida. El ser humano, en lugar de agradecer y cuidar a la Madre proveedora, la maltratamos y destruimos.
«La esperanza debe ser activa. Lo más difícil es tener conciencia crítica y política sin amargarse» ó «al pesimismo de la razón debemos oponerle el optimismo de la voluntad» que ya nos advertía Antonio Gramsci.
«Las colonizaciones siguen todavía actualmente su curso».
Ya lo creo, «ALLA VAMOS OTRA VEZ». Este cómic de Survival Internac. es una advertencia frente a los peligros del “desarrollo” impuesto por este sistema absolutamente genocida y suicida que es el sistema capitalista.
https://www.survival.es/alla-vamos

“Es absurdo cuando los foráneos llegan y nos enseñan lo que es ‘desarrollo’. ¿Es posible el desarrollo que destruye los entornos que nos proporcionan alimento, agua y dignidad? Tienes que pagar por bañarte, por los alimentos e incluso por beber agua. En nuestra tierra, nosotros no tenemos que pagar por el agua, como vosotros, y podemos comer en cualquier parte gratis”. –Lodu Sikaka, Dongria Kondh

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