Ficción climática para despertar conciencias: fragmento de ‘Amaiur’

Con epílogo de la activista y antropóloga Yayo Herrero, ‘Estío’ reflexiona a través de once relatos de ficción climática sobre el imaginario vigente ante la catástrofe climática.

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La crisis climática goza este año de más foco mediático que nunca. La sociedad -desde la juventud que abandera la causa con sus huelgas climáticas hasta los medios de comunicación, que han ampliado la cobertura informativa- empieza a ser más consciente de la importancia del calentamiento global y sus efectos, tanto presentes como futuros.

Precisamente, sobre qué nos podrá deparar el mañana versa Estío. Once relatos de ficción climático (Editorial Episkaia). Pequeñas historias nacidas a partir de los imaginarios personales de los autores y autoras, que emplean la literatura como una herramienta más de combate frente a la inacción política. “El conjunto pretende ser, además de un juego con los límites de un género recién nacido como es la ficción climática, una reflexión colectiva sobre el imaginario vigente ante la catástrofe climática”, apuntan desde la editorial.

Con epílogo de la activista y antropóloga Yayo Herrero, Estío cuenta con relatos como el de Aixa de la Cruz, quien escribe ‘Amaiur’ y del que reproducimos un fragmento:


Recuerda los colores del otoño y el frescor del césped y el aroma de las segadoras que se empapaba de sudor agrio cuando ascendían a la ermita. Recuerda la cumbre y el valle a sus pies, y el dedo de la madre extendido como en las estatuas, hacia el futuro, señalando un pellizco de arcilla ese es el baserri de la amama que lleva tu nombre, Amaiur. Amaiur es un nombre de diosa. Madre tierra.

Recuerda el cambio de las estaciones, la nieve y el deshielo, y el sabor del huevo frito —la yema no, por favor—, huevo frito con arcadas y mocos —la yema es lo más sabroso, niña—, y el vómito de después, y el de mucho más tarde, en las fiestas del pueblo, con su primera borrachera en el aliento y en la lengua rugosa como la de un gato. Recuerda la lluvia y las frutas y las verduras y los supermercados con estantes específicos para el cuidado del cabello y para el cuidado de la ropa y para el cuidado femenino. Recuerda los coágulos que absorbían las compresas, el enrejado que los apartaba de la piel y del asco, y el olor a enfermedad que despedía el basurero del lavabo de las chicas al que nunca se acercaban ni su hermano ni su padre. Recuerda que ese olor no se parecía en nada a este otro de agua dura, de manantial y de encías, que le concede un pequeño alivio cada mes. Y es que en una celda con suelo de sustrato sin descontaminar y con un pozo no tan profundo en el que se acumulan semanas de heces, lo único que huele a limpio es su sangre.

Solía maldecir la menstruación, los cólicos, el cansancio, el recordatorio de que el cuerpo manda por mucho que lo neguemos, la piel erizada y, a partir de los treinta, el mensaje de GAME OVER, inténtelo de nuevo. Pero se ha reconciliado con ella. La recibe con bailes y brincos que combinan el folclore de las danzas populares que aprendió de niña con el salvajismo de las tribus que come carne humana en los libros de aventuras. Cuando finalizan los festejos, se entretiene analizando los dibujos que ha regado en la tierra; los interpreta como si contuvieran signifcados ocultos. A veces le dicen cosas sobre su pasado, como ese cervatillo que se obstina en trazar con el fujo inicial, el que es marrón y gelatinoso y parece vivo, un gastrópodo. Su endometrio le recuerda al disparo con el que abatió a su primer ejemplar de caza. Fue un tiro casi perfecto que entró por un ojo y atravesó un cráneo. Increíble que no lo matara al instante. Su padre la felicitó y le dijo que aquello no era culpa suya, que no se acercara, que él cumplía. Pero quiso ver. Siempre fue así. Solo apartaba la mirada de su propia sangre, de aquella hemorragia que quizás le hacía sentirse inútil porque era la única que no podía ni debía parar. Lo último que recuerda del mundo antiguo es la presión de una femoral abierta entre sus dedos, sus dedos en pinza como las compuertas de una presa que se desborda, y comprender que muy pronto los embalses y las presas y los pantanos solo existirían para símiles como aquel, para explicar la cirugía y la muerte.

En la disciplina de adivinación que se ha inventado, la muerte es un vector discontinuo, un reguero de gotas redondas y regulares que ni empieza ni acaba. Lo dibuja la sangre pura y rojísima del segundo día del ciclo y no sabe si se refiere a su destino o al de su especie, a lo privado o a lo colectivo, pero tiene claro que es una prognosis bien fundada. La malversación de recursos hídricos se castiga con penas de entre quince y veinte años, y no sabe si el sur de Europa durará lo que dure su condena. Sabe que si no la internan en una prisión construida sobre terreno desinfectado —y en su zona solo hay una, con apenas treinta y cinco plazas para los treinta y cinco altos cargos que asumieron las responsabilidades de la catástrofe de los vertidos, qué casualidad—, su cuerpo la indultará en un lustro, y eso porque se conoce y se sabe dura, de bronquios a prueba de hospitales de campaña en las zonas que más acusaron la contaminación de los acuíferos, con mucho músculo y poca grasa y con el corazón de su abuela, que vivió hasta los noventa y nueve años, que si no, lo más probable es que jamás llegara a testifcar en su propio juicio. Amaiur también es nombre de supervivientes, el del último bastión navarro que resistió al asedio de las tropas castellanas, símbolo del nacionalismo vasco y, según su padre, el verdadero motivo por el que la bautizaron como lo hicieron, ni madre tierra ni hostias. Cuánto se alegra de que el viejo no llegara a conocer este nuevo mundo en el que la patria es un índice de toxicidad y un número en la cartilla de racionamiento de aguas. Cuánto le gustaría que él y los suyos hubieran apostado por la onomástica correcta.

(…)

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