Eco-ansiedad: ¿quién teme al fin del mundo?

La Asociación Psicológica de Estados Unidos definió este concepto como “un miedo crónico a la destrucción medioambiental”.

Aunque no quede nadie con vida, el planeta nos recordará. Los resultados de la lucha contra el cambio climático quedarán registrados en la Tierra por eones. Lo que hagamos en los próximos diez años es tan importante que los registros geológicos del planeta lo recordarán, quizás, para siempre. Pero, además de su importancia histórica, probablemente sin comparación posible con ninguna otra época de la humanidad, el cambio climático también tiene una importancia personal, íntima. Se avecinan cambios que conllevarán pérdidas para todos y todas. Y conforme esas pérdidas van haciéndose más concretas, empiezan a emerger sentimientos de ansiedad y luto.

La 5ª edición del Manual Estadístico de Diagnóstico de Trastornos Mentales (publicado por la Sociedad Estadounidense de Psiquiatría), la referencia mundial en la clasificación de trastornos y enfermedades mentales, no recoge aún ningún diagnóstico para la eco-ansiedad. Pero eso no significa que no sea real. En un informe publicado en 2017, la Asociación Psicológica de Estados Unidos definió la eco-ansiedad como “un miedo crónico a la destrucción medioambiental”. Aún no hay cifras, pero a juzgar por la conversación en redes sociales, no tardará en haberlas.

“Podemos afirmar que una proporción significativa de personas están sufriendo estrés y preocupación por los posibles impactos del cambio climático, y que los niveles de preocupación están aumentando”, afirmaba la psicóloga Susan Clayton en un artículo publicado en la revista Vogue. “Cómo afectará a la salud mental de las personas a la larga es algo que dependerá de cómo responda la sociedad [al cambio climático]”, concluía Clayton.

Una de las voces más habitualmente citadas en el discurso de la ansiedad climática es la de la psicóloga estadounidense Renee Lertzman. En un artículo que escribió para la revista Pacific Standard, publicado en 2015, Lertzman ya afirmaba lo siguiente: “Entender cómo gestionamos los humanos la pérdida, incluso si es por anticipado, puede también llevarnos a entender por qué no hay más gente que actúe para, de verdad, cambiar el rumbo del barco”.

El día que cambió todo (y no cambió nada)

El pasado 8 de octubre, el histórico informe sobre calentamiento de 1,5ºC del IPCC enviaba un mensaje totalmente claro: un aumento de temperatura de grado y medio sobre niveles preindustriales es a lo que podemos aspirar en el mejor de los casos. Supondrá problemas graves, pero podremos superarlos si colaboramos y nos organizamos. Un calentamiento de dos grados, objetivo inicial del Acuerdo de París, tendría unos efectos devastadores y acabarían con la existencia misma de varios estados insulares del Pacífico y del Índico. Y aun así es un mal menor: el verdadero territorio del desastre sin precedentes está más allá de los dos grados. Pero podemos evitarlo.

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COMENTARIOS

  1. Lo que me exaspera es la inacción de los gobiernos, el negacionismo de algunos politicos y el incumplimiento de todos los acuerdos internacionales sobre el cambio climático. Y todo ello porque el PIB es más importante que el futuro de la humanidad.

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