La ley que iba a salvar la noche, ¿acabará iluminándola todavía más?

La contaminación lumínica deteriora la biodiversidad y altera el reloj biológico de los humanos. Dificulta nuestro descanso y afecta al sistema inmunitario y nervioso. La nueva ley española renuncia a establecer límites y desoye a la comunidad científica y a la UE.

Cuando las tortugas marinas abandonan el nido de noche, solo buscan una cosa: los destellos del reflejo de la luna en el agua. Por leves que sean, les indican la dirección en la que esperan el mar y el resto de su vida. Pero, cada vez más, confunden las luces de la ciudad con el brillo lunar y toman la dirección contraria, la de las carreteras y los coches, y la de la ausencia de agua salada.

La contaminación lumínica también afecta a las madres durante el proceso de anidamiento, altera la orientación de los sitios de puesta, y aumenta las probabilidades de que algunos predadores capturen más crías. Y las tortugas no son las únicas que sufren el exceso de luz. Es más, apenas existen especies animales a las que no les afecte la contaminación que producen las luces artificiales. Ni siquiera el ser humano se libra.

El Real Decreto que aprueba el Reglamento de ahorro y eficiencia energética y reducción de la contaminación lumínica, en audiencia pública hasta final de mes, estaba llamado a ponerle freno a este problema. Sin embargo, en lugar de eso, ha provocado un aluvión de críticas y alegaciones de especialistas en contaminación lumínica y de la comunidad científica.

La distorsión de la noche

«Nosotros usamos la luz para atraer a los insectos y estudiarlos», explica Joaquín Baixeras, entomólogo de la Universidad de Valencia y miembro de la Red Española de Estudios sobre la Contaminación Lumínica. «Pero a lo largo de las últimas décadas hemos ido notando un declive en las colectas que tenía mucho que ver con el incremento de la contaminación lumínica. Nuestros métodos son menos eficientes porque competimos con la luz de las ciudades».

Este es, claro, el menor de los problemas para la fauna. La alteración de la oscuridad natural del medio nocturno producida por la emisión de luz artificial, conocida como contaminación lumínica, está presente en mayor o menor medida en casi todo el territorio de la península Ibérica, según el artículo The new world atlas of artificial night sky brightness. Sus efectos están cada vez más estudiados.

«La inmensa mayoría de los animales son de actividad nocturna. La noche es una forma de escapar de los predadores y de evitar la radiación solar. Es un cobijo», señala Baixeras. «Si introducimos un elemento extraño que distorsiona la noche, se altera el comportamiento de los animales. Por ejemplo, muchos insectos están adaptados para buscar pequeñas cantidades de luz. Son animales con muy poco tiempo de vida, así que perder dos noches alrededor de una farola puede suponer perder todas sus oportunidades de reproducción».

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