Amar a un mundo que se desvanece

«¿Qué significa amar a alguien o algo, en un mundo que cada vez se desvanece más rápido, quizás más allá de nuestras capacidades de salvar aquello que más amamos?»

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Quiero hablaros sobre el poder—sobre cuánto tenemos y sobre cómo podemos usarlo con sentido.

Pero voy a empezar hablando de la desesperación. Hace poco, en una playa de las Islas del Golfo de la Columbia Británica, en las que eran mis primeras vacaciones de verdad en casi tres años, sentí mucha de la relajación que a menudo siento cuando visito la costa. El olor del mar es un hogar para mí, como el romper de las olas en la orilla y los reflejos del sol en el agua, como un enjambre de innumerables mariposas lánguidas. Respirar frente al océano me hace sentir distinta.

Hace mucho tiempo que sé que los humanos y otras especies estamos en graves problemas, que el nivel del mar está subiendo. Sé desde hace mucho cuánto nos jugamos. No en vano, fui a la Columbia Británica para dar tiempo a mis ideas a asentarse y escribir sobre estos riesgos y cómo podemos avanzar de forma importante.

Y sentada allí, sobre la arena y las incontables y suaves esquirlas que han dejado durante décadas almejas y mejillones y ostras, no conseguí sacarme de la cabeza la idea de que el océano está empezando a morir. Hay áreas del tamaño de Texas cubiertas de plástico. Hay microplásticos en casi cada grano de sal marina que se ha analizado. Las poblaciones de peces están colapsando. Las ballenas y delfines sufren las estridencias de los aparatos de sonar que usan las empresas petroleras y la marina. El agua se está acidificando tan rápido en el Mar de Salish que a las ostras cada vez les cuesta más formar sus conchas. Y, lo que quizás es lo más preocupante de todo, los niveles de fitoplancton han descendido un 40% desde 1950. Y el fitoplancton no solo es la base de la cadena alimenticia marina, sino que también produce la mayor parte del oxígeno del océano. Y del nuestro: es tan prolífico que genera uno de cada cinco alientos. Este hecho, por sí mismo, debería hacer que nos enfrentásemos a las crisis del mundo natural inmediatamente.

La verdad es que el océano, que parece tan hermoso e inmutable, va camino de convertirse en un enorme vertedero, lleno de plástico y metales pesados, donde poco sobrevivirá excepto las medusas. Ya no olerá igual. Sus colores cambiarán. Y la mayoría de las aves marinas, por supuesto, morirán con él.

Así que quería formularos la misma pregunta que me hago a mí misma cada vez que me encuentro fascinada por la belleza de este mundo: ¿qué significado tiene amar este lugar? ¿Qué significa amar a alguien o algo, en un mundo que cada vez se desvanece más rápido, quizás más allá de nuestras capacidades de salvar aquello que más amamos?

¿Acaso el conocimiento no es responsabilidad? Si dejamos que este mundo muera, si dejamos que sea asesinado por un increíblemente pequeño número de villanos que nos han mentido por décadas, seremos cómplices, porque somos los únicos capaces de ayudarlo a vivir de nuevo. Los que vengan detrás tendrán mucha menos que nosotros, así como nosotros tenemos menos que nuestros padres (si es que hubieran conocido la verdad como la conocemos nosotros). Para bien o para mal, somos nosotros los que nos encontramos en la intersección del conocimiento y la capacidad. ¿Y cuál será la mejor manera de usar esa ventaja? ¿Cómo encontrar fuerzas cuando la realidad de la pérdida nos abrume?

Lo que está en juego está terriblemente claro si observamos los cinco eventos de extinción masiva que ha vivido la Tierra hasta ahora, en especial la del final del Pérmico, durante la cual desapareció hasta el 90% de la vida en el planeta. En todos ellos, los gases de efecto invernadero procedentes de la actividad volcánica y el aumento de temperatura, fueron la mecha que encendió la desestabilización. Todos ellos ocurrieron extremadamente rápido en términos geológicos, pero con temperaturas y concentraciones de gases de efecto invernadero aumentando cientos o miles de veces más despacio que ahora.

Así que no se trata solo de nuestros nietos. No hablamos solo de zonas costeras o regiones áridas o calurosas. No son solo las orcas, o la Gran Barrera de Coral o la mariposa monarca. Ni siquiera son “solo” los océanos (de los que dependen tantas especies y personas). Lo que ahora está en juego, parece ser, es la vida sobre la Tierra. Quizás toda ella: la ciencia sabe que los escenarios de gases de efecto invernadero fuera de control pueden convertir un planeta placentero, habitable y con agua… en Venus.

La posible pérdida de toda la vida es clarificadora, porque solo hay una medicina contra ella, y es la restauración de un mundo natural, empezando por poner fin, a corto plazo, al uso de combustibles fósiles. Si de verdad avanzamos hacia esos objetivos, casi seguro que podemos inclinar la balanza en favor de algunas personas y especies. Al menos por un tiempo. Y eso es bueno ¿no?: ayudar a algunas personas a vivir vidas más largas con algo de estabilidad es mucho mejor que no hacerlo, incluso si no es una solución que dure milenios. Y salvar algunas especies es mucho mejor que no salvar a ninguna. ¿Qué mejor manera de dar sentido a nuestras vidas?

La palabra “sacramento” viene del latín “juramento solemne”, usada por los primeros cristianos, curiosamente, como traducción de la palabra griega que significaba “misterio”. Nuestra tarea es, en el sentido más profundo, al mismo tiempo un juramento solemne y un misterio: es un sacramento. Estamos adentrándonos en una gran oscuridad, y la luz que nos guíe debe venir de nuestro interior.

Pero incluso si hacemos lo correcto, entender que hemos salvado algo será un pobre consuelo en nuestro lecho de muerte. Nuestro objetivo puede, y debe, ser mucho más ambicioso: debemos usar nuestra ventaja lo mejor que podamos esta semana, este mes, este año, esta década. Así daremos más oportunidades a la mayor porción posible de vida, y además es la única manera de que los humanos tengamos una oportunidad, porque ha pasado mucho tiempo desde la última vez que fuimos lo suficientemente ágiles, cooperativos y conocedores del mundo natural como para sobrevivir en la Tierra reducida que sabemos que vendrá.

¿Arriesgarías tu vida por alguien que amas? ¿Trabajarías día tras día para dar a alguien la oportunidad de vivir una vida decente? Si es así, ya sabes lo que tienes que hacer. Al menos sabes de su importancia, si no conoces los detalles.

Es difícil de decir, pero también clarificador: no podemos esperar sentir esperanza. Al menos no muy a menudo. Cualquier esperanza en particular acabará, seguramente, por rompernos el corazón. Hemos entrado ya, en algunos lugares, en una era de caos y gran dolor, y si pedimos al universo que nos haga ser, en cierto modo, optimistas (incluso si otros están sufriendo más que nosotros) lo que pedimos es una ilusión. Y no obstante, nuestro don, y nuestra tarea, son mucho más poderosos que ningún sentimiento reconfortante, porque aún tenemos la oportunidad de abrir espacio a la esperanza, actuando de tal manera que esa esperanza pueda existir para otros que vengan después.

No todos podemos centrarnos en esto a tiempo completo, por supuesto. Muchas personas ya están completamente ocupadas con las dificultades de su día a día. Algunas tienen hijos o hijas pequeñas, o padres ancianos que tienen que cuidar. Otras trabajan 60 horas a la semana para poder llevar comida a la mesa. Y otras viajan tres horas al día porque vivir cerca de su lugar de trabajo es demasiado caro. Pero si tu escuela o tu trabajo te deja algo de tiempo libre y no estás cuidando a un familiar que te necesite, si te has jubilado o puedes hacerlo, el mundo te necesita. Y te necesita ya, porque lo que hagamos este año o el siguiente vale diez veces más que esa misma acción en diez años: nada nunca ha sido más importante que evitar que el mundo se precipite más allá de alguno de los muchos puntos de no retorno que todavía no hemos cruzado, y que están peligrosamente cerca.

Esto nos convierte, de una manera extraña, en la gente más poderosa y privilegiada que jamás haya vivido. Por supuesto, eso también se ha manifestado en formas devastadoras para la Tierra: nada ha amenazado tanto nuestras ecologías que la cultura del consumo acomodado, y me refiero a nosotros mismo. Tanto volar y conducir, tanto comer carne. La compra de cosas que no necesitamos hechas de materiales que la naturaleza no puede degradar. Todo esto facilitado hasta límites devastadores por el hecho de vivir tan lejos de los sitios en los que nuestra contaminación envenena el aire y el agua, donde los animales son sacrificados, donde se fabrican o se abandonan los plásticos.

Pero no me refiero a ese poder negativo. Lo que quiero decir es que se nos ha ofrecido un don increíblemente hermoso. Un don que nunca antes se había otorgado a los humanos: la oportunidad de llevar a la vida humana y animal a los siguientes siglos y milenios, cuando sabemos que, de otra forma, desaparecería. Ese es un poder que debería hacernos sentir muy humildes, y un privilegio que puede motivarnos profundamente. En cierto modo, nuestra oscuridad (el conocimiento de que, sin gran esfuerzo, muchas o gran parte de las criaturas de la Tierra se desvanecerán) es lo que revela nuestra luz, la semilla de vida y posibilidad que  compartimos con toda la vida de la Tierra, y que podemos llevar con nosotros.

Para ser sincera, no es algo que sienta todo el tiempo. Al enfrentarme al conocimiento de la pérdida segura y devastadora, a veces me cuesta respirar. Pero a la vida en la Tierra no le importan mis penas, y esa es una verdad increíblemente liberadora. Aquellas personas que ya están luchando para salvar sus hogares o la vida de sus hijos no tienen ningún interés en saber estoy triste o me falta inspiración. Lo que necesitan es que haga algo.

Playa en el Mar de Salish (Canadá). Foto: Gerry Thomasen/Flickr. Lic: CC-BY 2.0

Aquello que hacemos guarda cierta relación con cómo nos sentimos, por supuesto, pero no se ve dictado por ello. Aunque esté desmoralizada puedo organizar a personas para que asistan a una sesión sobre transporte público, o en contra de un oleoducto (y probablemente ello me haga sentir menos desmoralizada). Puedo llamar a políticos, incluso si creo que no va a importar. Puedo apoyar a personas migrantes manifestándome contra su detención o la separación de sus familias, o donando mi tiempo o mi dinero a servicios que los apoyen, incluso si se que hay muchos otros que se están quedando fuera. Y puedo organizarme en mi comunidad para apoyar medidas de reforestación y agricultura que absorban carbono de la atmósfera, incluso si, honestamente, no creo que sean lo suficientemente amplias para tener un impacto importante.

Cada uno de nosotros tiene diferentes habilidades y temperamentos. Yo soy introvertida así que nunca he sido una organizadora nata. Pero apoyándome en otras personas y dejando que ellas se apoyasen en mí he aprendido técnicas que pueden ser efectivas. El mejor lugar para usar nuestras habilidades es el paisaje de nuestros sentimientos. O en otras palabras, valorando las habilidades de los demás. Tenemos un voluntario que se pasa un día a la semana llevando nuestra contabilidad. Otra hace todas esas cosas difíciles que hay que hacer en nuestra base de datos, y otra escribe todas nuestras notas de agradecimiento. Incluso tenemos a un masajista retirado que nos da masajes gratis.

Todo ese trabajo es ahora de una importancia crítica, y debemos realizarlo con humildad; aprendiendo al tiempo que lo hacemos, y haciendo las cosas realmente satisfactorias y las tareas desagradables o rutinarias. No hace falta que creamos que son las adecuadas: tan solo comprender que no hacerlas significaría que habríamos decidido no preocuparnos por este mundo, y cedido el mayor poder que jamás tuvimos… ¿para qué? ¿Para ver televisión? ¿Para hacer yoga? ¿Para programar unas aplicaciones chulísimas? ¿Qué pensarás de esas decisiones cuando estés muriendo y sepas que el mundo también lo hace? ¿Qué te parecen ahora mismo, cuando niños migrantes aparecen ahogados en las playas?

Imaginate si tan solo el diez por ciento de las personas de este país empezasen a involucrarse en serio, incluso si tan solo fuese un día a la semana. Nuestras posibilidades serían (serán) totalmente diferentes de lo que son ahora, porque el sistema en el que existimos, este que nos lleva al desastre, depende por completo de que estemos desvinculadas entre nosotras, y de que creamos que no podemos tener un impacto sobre aquello que nos importa. Depende de que en vez de eso creamos que debemos concentrarnos tan solo en nuestra propia realización personal: algo que ni siquiera es posible sin involucración real con el mundo natural así como con los demás.

Nuestras emociones nos importan a nosotros, por supuesto, aunque no les importen a aquellos que más sufren. Sentir una desesperanza constante o convertirnos en autómatas no nos va a ayudar a llevar a cabo esta gran tarea con amor, y prosperar, que es lo que nos permitirá hacer todo lo posible. Pero podemos tener sentimientos y, aun así, hacer el trabajo que hay que hacer. Los sentimientos no nos marcan el destino.

Cuando mi madre se estaba muriendo yo sentía una tristeza muy profunda, y a veces evitaba llamarla por eso mismo: sentimientos tan complicados no encajaban fácilmente en un tiempo difícil de mi vida en el que estaba muy ocupada. Pero la llamaba al día siguiente, y al siguiente, y al siguiente. Y viajaba para verla, aunque no tanto como me hubiera gustado. Y le tejí una manta de alpaca, mientras estaba en reuniones o de viaje, o en cualquier otro momento en que tuviera las manos libres.

Podemos sentir miedo, tristeza o ira. En otras palabras: podemos sentirnos, algunas veces, con ganas de escapar. Y aún así atendemos a las necesidades inmediatas y muy reales del mundo, siempre que no dejemos que nuestros sentimientos sean una excusa para abandonar nuestras responsabilidades. Y lo cierto es que atender a las necesidades del mundo es lo único que he visto aliviar ese miedo, tristeza e ira de manera consistente en otros, y lo único que lo ha conseguido de manera consistente en mi propia vida. Cuando el foco ya no está en nuestros propios deseos deja de importar tanto que no tengamos claro cuales son.

Podemos elegir aparecer en cualquier momento.

Últimamente he estado pensando en la “norma del camping”, según la cual se supone que tenemos que dejar un sitio al menos igual que lo encontramos. Como especie, eso es esencialmente imposible: si multiplicas una sola botella de plástico por 7.500 millones de personas, está claro que hemos sido una fuerza devastadora para la red de la vida. Pero bajo ningún concepto ha sido de manera uniforme. La gran mayoría de esas personas han hecho un daño mínimo, y el daño que han hecho escapaba a su control: si cortan árboles para cocinar con la madera es porque es lo único que tienen, o si usan pesticidas es porque si pierden una cosecha su familia se moriría de hambre.

Aquí, en los Estados Unidos, cualquier persona adulta de clase obrera o cualquier clase más pudiente (cualquier persona que viaje, se desplace en coche o viva en una vivienda unifamiliar) podría pasarse el resto de su vida plantando árboles y limpiando el océano de plásticos y, como individuo, aún estaría totalmente en deuda con el mundo viviente: en su zona de acampada el arroyo se habría envenenado por la minería a cielo abierto o el fracking, y se habría convertido en un montón de restos animales y plástico con una pizca de resistencia a los antibióticos. Las acciones individuales pueden ralentizar el crecimiento de ese montón, pero, simplemente, no pueden ser lo bastante grandes como para reducirlo.

No queríamos causar este daño, pero lo hemos causado. Bajo el reinado del neoliberalismo y las mentiras de la industria de los combustibles fósiles, vivir como seres sociales casi requería que lo causáramos. Pero ahora, si queremos seguir siendo seres sociales, debemos hacer algo distinto.

No podemos deshacer lo que hemos hecho simplemente llevando vidas más ecológicas. Ni tampoco suicidándonos. Y no podemos dejar este planeta mejor que lo encontramos: estará peor durante mucho tiempo. Pero podemos cambiar el camino en el que estamos ahora, y sabemos cómo empezar a compensar lo que hemos hecho. Tenemos un hermoso trabajo que realizar antes de morir.

Arquímedes lo sabía: dadme un punto de apoyo y moveré el mundo.

¿Y qué nos puede dar ese punto de apoyo? Trabajar juntos para cambiar los sistemas que nos han traído estas catástrofes. Lanzarnos de lleno a las tareas que tenemos por delante y aprender por el camino. ¿Que como lo sé?

Piragüistas durante la campaña ShellNo. Foto: Backbone Campaign/Flickr. Lic: CC-BY 2.0

He contado esta historia muchas veces, pero esta vez voy a admitir algo nuevo. En 2015 formaba parte de la campaña #ShellNo contra la perforación petrolera en el Ártico. Dos años antes había realizado una vigilia con una amiga, cuando las plataformas de Shell también estaban en la ciudad, pero esta vez formaba parte de un grupo mucho más grande, y algunas organizadoras con experiencia nos visitaron: mujeres jóvenes que sabían mucho más que ninguno de nosotros. Me lancé de lleno a la campaña y mi trabajo se vio ayudado por el hecho de que la misma semana que se anunció que el puerto público de la ciudad recibiría al Polar Pioneer, la revista Nature publicó los proyectos que no podíamos llevar a cabo si queríamos mantener alguna esperanza de evitar un cambio climático realmente catastrófico: la perforación del Ártico era uno de esos proyectos. Así que señalé esa locura a cada oficial del puerto, cada periodista y cada equipo de televisión que se parase a escucharme: nos acaban de decir que este es un proyecto que amenaza la civilización, y la ciudad de Seattle lo permite. Una docena de personas, más o menos, que formábamos el núcleo duro del grupo organizamos a gente para que asistiera a las vistas públicas, entraran en el puerto en piragua, lo cerrasen por dos días y, en general, que sacaran partido a nuestra indignación. Durante seis meses, viví inmersa en esa batalla.

Todo esto lo hice solo porque era la única manera de que pudiera mirarme al espejo. No tenía ninguna fe en que fuera a “funcionar” de ninguna manera clara o inmediata, y sabía que esa no era la cuestión. Y aun así, cuando nuestras piraguas solo pudieron retrasar la plataforma por una hora, me vine abajo. Todo el trabajo y todo el amor… ¿para qué? Sabía que era importante haber atraído la atención internacional sobre el peligro de la perforación del Ártico, pero no era fácil ser consciente de esa importancia al ver como la plataforma salía de la Bahía de Elliott y se alejaba hacia el frágil e inmaculado Mar de Chukchi.

Me alegré bastante unas semanas después, cuando algunos amigos de Portland consiguieron detener uno de los buques asociados (sin el cual no podían empezar a perforar) durante 36 horas al colgarse de un puente con banderines bajo un sol abrasador. Fue la acción más hermosa y efectiva llevada a cabo por un grupo pequeño que jamás haya visto, apoyada una vez más por decenas de personas en pequeñas embarcaciones.

Pero la transformación real de mi perspectiva llegó a finales de septiembre, cuando Shell anunció que abandonaba sus planes de perforar el Ártico. Un miembro de la junta directiva dijo a The Guardian que les había decepcionado la cantidad de petróleo que encontraron, pero también que les habían sorprendido mucho todas las protestas, y que eran muy conscientes de los riesgos para su reputación. Se referían a nosotros. Un proyecto en el que habían invertido años y miles de millones de dólares, en aguas remotas lejos de cualquier población, y se había detenido por un par de docenas de personas de los núcleos de los grupos activistas de Seattle y Portland, y alrededor de otras mil que participaron una o dos veces, o que nos acompañaron en toda la campaña.

Eso es un punto de apoyo. Y lo que quiero admitir es que, durante un mes o dos, me sentí como si yo hubiera detenido personalmente la perforación del Ártico. Habíamos matado a un dragón y, por un breve tiempo, me sentí invencible, como nunca antes me había sentido. No de manera egocéntrica: sabía muy bien cuánto había necesitado el conocimiento, la habilidad y la presencia de otros. Después de todo, yo había organizado una vigilia totalmente inútil dos años antes. Pero me ayudó a entender el poder que tenía: un poder cuyo origen está en trabajar con otras personas para que podamos ser más que la suma de las partes. Al trabajar con este pequeño grupo de personas había tenido un efecto real sobre el cambio climático global, usando un punto de apoyo: una docena de compañeros centrados más o menos exclusivamente en esto, apoyando a otra docena que venían uno o dos días a la semana, apoyando a otro par de cientos que se presentaban cada par de semanas o un mes, y varios cientos más que seguramente solo vinieron una o dos veces, pero que así demostraron que esto era algo que importaba a la gente.

Y está claro que no siempre es así de fácil (considerando “fácil” como un término relativo, ya que probablemente trabajé unas 80 horas a la semana durante esos seis meses, y muchas de las reuniones fueron bastante difíciles). No hemos vuelto a obtener una victoria tan mágica o significativa desde entonces, y no porque no lo hayamos intentado. Hemos ganado a veces, lo que a menudo (como esa vez) solo significa la ausencia de pérdidas devastadoras. Es por eso que una persona empleada por una energética se refirió una vez a la región del Pacífico Noroeste como “el lugar al que los proyectos de combustibles fósiles van a morir”.

No son victorias tan grandes como para afectar de verdad al status quo, pero al menos conseguimos evitar pérdidas. Conseguimos un poco más de tiempo. Quizás incluso salvamos alguna pequeña especie, por unas décadas o unos siglos, haciendo que alguno de los peores proyectos fuera un poco más caro, y haciendo que la opinión pública se inclinase un poco más hacia lo que, quizás, en un par de años, pueda ser una ley suficientemente ambiciosa como para importar de verdad. Quizás inspiramos a alguna de las niñas del Movimiento Sunrise, que han hecho que el Green New Deal, de repente, parezca posible.

¿Sabeis lo que, de hecho, podría suponer un auténtico golpe al status quo? Si vosotros también estuvieseis haciendo esto. Los que tengáis espacio en vuestra vida para ser uno de la docena, de las varias docenas, los pocos cientos, los varios cientos. Quizás ya hayáis estado alguna vez en esos círculos externos. Si es así, bien. Es algo muy importante. Ahora, ¿podéis avanzar un nivel o dos hacia el centro, por favor? Os necesitamos desesperadamente. Esta lucha es, simple y llanamente, demasiado grande para que las personas que estamos en ella podamos hacer todo lo que hay que hacer. Estamos exhaustas, y os necesitamos.

No os mentiré: casi nunca obtenemos el tipo de confirmación que obtuvimos en la campaña de ShellNo, de que lo que hicimos había tenido importancia. Normalmente, nuestros adversarios hacen todo lo posible para reducir la importancia de nuestro trabajo y dicen que nada tiene que ver con nada. Recuerda que necesitan que no nos involucremos: que abandonemos el cambio y nos centremos en comprar cosas, hacer un viaje, y vivir nuestras vidas como si millones de personas no estuvieran sufriendo, desde Mozambique hasta Nebraska. Como si el mundo que dejaremos atrás no fuese a quedar radicalmente empequeñecido.

Pero sabemos que sí es importante.

¡Sí, claro, como si eso fuese a detener el cambio climático! Eso es lo que te dicen cuando estás organizando una protesta, pidiendo el voto para un candidato con pocas probabilidades de ganar, montándote en una piragua, colgándote de un puente o cerrando un oleoducto. Créeme. Pero quienes te lo dicen tienen mucho que ganar (literalmente) si te desaniman, o quizás son tan frágiles, están tan alejados de entender su propio poder para cambiar el mundo que creo que realmente solo deberíamos compadecernos de ellos, ignorar sus burlas y seguir trabajando.

Esa es mi experiencia con los puntos de apoyo, y por eso sé que funcionan. Pero quiero hablar de algo más que de la cuestión instrumental de lo que podemos hacer contra el cambio climático, por muy importante que sea. Quiero hablar del valor intrínseco de lo que significa amar el mundo (o a alguien o algo que en él esté), y cómo podemos pensar en el amor y la esperanza y la imaginación, incluso cuando las próximas décadas empiecen a asemejarse al fin del mundo… porque lo harán. En sitios como Paradise (California) ya lo han hecho.

Paradise tras el incendio de 2018. Foto: California National Guard/Flickr. Lic: CC-BY 2.0

Si no podemos procesar nuevos conceptos de esperanza y significado, entonces, cuando estemos pasando un duelo, no nos valdrá de nada hacer listas de lo que podemos hacer para involucrarnos, y perderemos nuestra habilidad de hacer de ese duelo una nueva posibilidad.

Así que, después de mi cuento de dragones, vuelvo al Mar de Salish, hermoso pero muy revuelto, tal y como lo veía desde mi ventana hace unas semanas.

¡Era tan bonito! En cierto nivel de mi alma puedo disfrutarlo sin más. Y quizás debamos hacerlo. Amar este mundo que se desvanece a veces me hace sentir como si estuviese rezando. En otro nivel, me abruma el dolor de saber lo que viene: todo lo que va desde el enorme sufrimiento humano hasta la pérdida específica y prácticamente segura de las 75 orcas residentes del sur que quedan: unas criaturas tan extraordinarias e inteligentes que me siento privilegiada solo por compartir con ellas una región biológica, y avergonzada de no poder hacer nada para salvarlas. Pero en el nivel más profundo necesito darle la vuelta al tiempo y usar metáforas para no ver solo pérdidas, sino también beneficios. Un mundo con millones de personas contra un mundo desierto. O un mundo en el que sobrevivan la mitad de las especies contra uno en el que, digamos, solo lo haga el cinco por ciento. Estos son los mundos por los que merece la pena luchar. Eso es seguro, pero desde este momento tan relativamente abundante, es difícil celebrar esos millones o esa mitad, sabiendo lo que se habrá perdido.

Cuando pensamos en la extinción que se acelera cada vez más, estamos mirando a la parte estrecha de un reloj de arena, terrorífica, por la que algunos se irán. Así que algunas veces me imagino a mí misma en algo así como un canal del parto ecológico. ¿Cuántas de las bellezas de la Tierra podremos ayudar a nacer de nuevo en la siguiente era? ¿Acaso no somos cada uno de nosotros un don que puede salvar al mundo con nuestras acciones?

¿Acaso no es eso lo que queremos ser?

Hace poco, viendo la película Una cuestión de género, se me ocurrió que, a pesar de que Hollywood siempre se apoye en un héroe solitario, el metraje podía tener algo importante que decir sobre el cambio social. En el mismo, Ruth Bader Ginsburg casi pierde un caso que finalmente ayudó a cambiar leyes basadas en la discriminación por géneros. En el último momento, después haberse encontrado muchas dificultades, se encuentra con la confianza para presentar su caso con confianza, porque encuentra una manera para introducirse en su propia imaginación: Unos Estados Unidos imaginarios en los que la discriminación por sexo se consideraría un sinsentido y algo de otra época. Ese no era el mundo en el que vivía, y ella lo sabía mejor que nadie, pero al contrario que prácticamente todo el mundo que la rodeaba, Ginsburg fue capaz de ver un mundo en el que no solo era verdad, sino obvio, en completa consonancia con nuestros valores, e hizo visible para los demás esa consonancia y ese mundo. Le insufló vida para ellos. Y eso es lo que hace un cambio social: con nuestras acciones y nuestras palabras, indicamos lo que el mundo puede llegar a ser, y ayudamos a otras personas a verlo también.

Creo que ese es también el poder que tiene Greta Thunberg. En parte por su Asperger, para ella es totalmente obvio que debemos cambiar nuestras vidas para responder al cambio climático, y la pureza de su comprensión nos llega a los demás.

Bader Ginsburg encontró la confianza para seguir adelante, y ello resultó en cambios legislativos que afectaron, probablemente, a millones de personas. Por supuesto, es probable que las leyes hubiesen cambiado en algún momento, pero al menos aceleró el proceso, afectando a personas que vivían en esos años y contribuyendo al impulso para el cambio. No dijo “no puedo cambiar milenios de patriarcado, no hay esperanza, abandono”.

En el caso de Greta aún es demasiado pronto para conocer todos sus impactos, pero sabemos que cientos de miles de estudiantes de todo el mundo han seguido su ejemplo, y que ya hay planes para asegurarse de que los adultos también participan.

Lo que hacemos importa.

No podemos salvar el mundo, pero podemos salvar gran parte del mismo. Cuánto salvemos depende solo de nosotras. Esa es nuestra carga, y también nuestro gran don.

¿Quieres estar entre aquellos que dejaron que la industria de los combustibles fósiles acabase con el mundo? ¿O quieres estar entre aquellos que hicieron todo lo que estaba en su mano para salvar lo que pudieran?

En tu mundo imaginario, ¿puedes ver que acabar con el uso en los países desarrollados de los combustibles fósiles en los próximos doce o quince años es, de hecho, mucho más fácil y barato que no hacerlo? ¿Puedes ver que lo único racional es cambiar radicalmente nuestra agricultura y nuestra política forestal para ayudar a estabilizar el clima (de nuevo sabiendo que la alternativa es mucho, mucho peor)? ¿Puedes ver a niños que se hubieran ahogado, vivos en vez de eso? ¿Comunidades estables que se hubieran quemado? ¿Especies e individuos animales aguantando hasta el próximo siglo y más allá? ¿Entiendes que esas son cosas por las que luchar el resto de tu vida?

Podemos volver a formar parte de la red de la vida. No tenemos por qué ser su destrucción. Pero ahora es nuestra última oportunidad, y tenemos por delante innumerables tareas.

Así que cuando llegues a casa y estés cansado e inquieto, y pensando en todo lo que tienes que hacer; o la semana que viene, cuando este simposio se haya desvanecido en el tiempo y alguien te pida que hagas algo que quizás no quieras hacer; o, mejor aun, en unas semanas, cuando te des cuenta de que hay algo que podrías hacer reuniendo a un grupo de personas… recuerda: en cualquier momento podemos decidir aparecer.

Puedes ayudarles a matar este hermoso mundo, o puedes ponerte manos a la obra haciendo que haya espacio para un futuro decente.

Este es un discurso realizado por Emily Johnston el 5 de mayo de 2019 durante el Chrysalis Symposium, parte del proyecto OSU’s Spring Creek. La versión original en inglés se publicó originalmente en Medium.

Emily Johnston es una poeta, ensayista y activista originaria de Seattle (Estados Unidos). Su primer libro de poesía, Her Animals, se publicó en septiembre de 2015.

Traducido por Santiago Sáez.

Comentarios
Yyorepublicana

qué fácil es ir a sensiblerías y querer encontrar que los responsables de la destrucción son los individuos!
Estoy cansada de que no se haga presión a los grandes de este mundo que tienen el 99% de la riqueza mientras el 99% de los habitantes tienen el 1% de la riqueza.
Lo que hace esa chica es muy bonito , y es amoroso, pero desplaza la responsabilidad a los que no pueden cambiar lo que rige las empresas que contaminan, los financieros que juegan a los dados con la riqueza que no es suya y los que han decidido que hay que quitar lo básico a los países pobres (agua potable, alimentos, semillas libres de acceso, desarrollo local …)y darles a cambio basuras y contaminación. Eso no lo hacemos los individuos aunque tengamos un poder si consumimos responsablemente, los industriales hacen aparatos que se estropean a su antojo con programaciones para que haya que tirar y comprar otro, con venenos que se quedan durablemente en la tierra y la acaban matando, con contaminación nuclear , con armas de destrucción diez veces el poder de la segunda guerra mundial.
seguro que gotita a gotita la union de muchos puede hacer la fuerza pero lo único que pasa es que momento el móvil, las redes sociales y la tontura crónica impiden que haya espíritu critico

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Yyorepublicana

los gobiernos de los grandes de este planeta están matando poco a poco la vida para que unos pocos se enriquezcan y no planeta B.
la dictadura de los dominantes sobre los dominados

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JOSE MENDEZ

La humanidad ha creado una cortina de humo en el planeta que obliga a los seres que la componen a ver el mundo bajo un prisma confuso. Esa cortina de humo son sus acciones, y sus consecuencias. Y vivimos bajo tal ley de confusión que hemos llegado a creer que el planeta nos necesita para seguir adelante y no es cierto. Somos nosotros necesitamos que al planeta para existir, pero no a cualquier precio. El mensaje confuso de que el planeta se acaba, esconde una realidad mucho más elocuente, el miedo a enfrentarnos con nuestras acciones. Deberíamos ser conscientes de nuestras realidad efímera, y de las consecuencias de nuestras acciones para seguir existiendo. El planeta no se desvanece, lo que se desvanece es una forma de vida inócua, estéril, sin aporte y sin valor nutricional para el planeta. La nuestra. Y el miedo que perder el poco y escaso valor que tiene lo que hacemos como humanos en este mundo, es lo que nos lleva a rebelarnos contra nosotros mismos, no por comprensión en lo que formamos parte, sino porque tememos perder el imaginario control que creemos tener cobre la vida. El mundo no desaparecerá por su destrucción, sino que mutará como ha mutado la vida desde siempre, despojando toda bactéria que no contribuya a su regeneración. Esa es la realidad que como humanos no queremos ver ni asumir. De ahi nuestros miedos a que el suelo que pisamos se desquebraje sin avisarnos. Los grupos ecologistas, y defensores del planeta deberían cambiar el mensaje para no crear miedo, sino comprensión y amor al suelo que se pisa. Aunque todo son pasos en ese proceso pedagógico.

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Omar Martínez

La flecha del tiempo es inexorable, y como dijera una vez un sabio: «Dios se cansa de los reinos, pero no de las florecillas»

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